Mercedes Fuentes

Palabras que conectan mundos

Escribir es recordar

Mercedes Fuentes

Miradas que conjugan admiración y tristeza.

Generación afortunada.

Recientemente tuve la oportunidad de ver-escuchar la entrevista que Jorge Gonçalves Romero realizó en el 2021 al artista Alfredo Ramírez Lira en su Podcast “Personajes de la Venezuela Virtual”.

Con la entrevista-conversación entre Jorge y Alfredo regresaron a mi mente reflexiones que son un leitmotiv. Entre ellas está la constatación de que la generación venezolana de los Baby Boomers fue el resultado de un país de oportunidades, pujante y en crecimiento. El contraste con los resultados de los últimos 26 años es evidente.

Tanto Alfredo como Jorge son dos dignos representantes de una Venezuela que brindó oportunidades de desarrollo para propios y extraños, tanto en el área del progreso económico como en el de la formación académica.

Las oportunidades existían y estaban al alcance de personas de distintos niveles sociales, aunque no todos pudieran o quisieran aprovecharlas del mismo modo.

En Venezuela no solo la educación pública básica y secundaria era gratuita; también la universitaria. Pero, adicionalmente, la población tenía acceso a becas en instituciones académicas de prestigio en otros países gracias a las becas Gran Mariscal de Ayacucho.

Alfredo, hijo del arquitecto Luis Ramírez y Ángela Lira, es un artista plástico que pasó por  la Escuela Cristóbal Rojas y por el taller del grabador y ceramista uruguayo Ángel Fong.

Posteriormente, a finales de los 70, Alfredo expuso individualmente con el nombre “Homenaje a Van Gogh”, en su ciudad natal, Mérida. El éxito de crítica y la recepción de esta primera exposición individual fue el impulso definitivo para su carrera.

En la década de los 70 y 80 Venezuela funcionó como puerto de refugio para muchos intelectuales y artistas del Cono Sur.

La confianza y el reconocimiento del entorno intelectual venezolano llevaron a este artista en ciernes a dar el gran salto. Así fue como en 1980 viajó a Italia para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Brera en Milán y después en la de Venecia.

En esta etapa trabajó en litografía, grabado y serigrafía en el Instituto Internacional de la Gráfica en Venecia.

Por su parte Jorge Gonçalves, estudió Ingeniería Eléctrica, con especialización en alta potencia y generación de energía eléctrica. Posteriormente viajó a Alemania, donde realizó un doctorado en Arquitectura de Computadores en la Universidad de Paderborn, centrado en el diseño de la estructura interna y del hardware de los computadores.

Tras completar su formación en el extranjero Jorge y Alfredo regresaron a Venezuela y desempeñaron labores de docencia. Alfredo impartió clases de expresión gráfica y grabado en la Universidad de Los Andes y Jorge ejerció como profesor de la Universidad Central de Venezuela e investigador en el Centro Científico de IBM de Venezuela.

Como resultado de su trabajo, Alfredo recibió varios premios, entre ellos la mención en dibujo de la Galería Art Mondial, Milán, en 1980; y el de la V Bienal de Guayana en 1997 por su icónica obra de esqueleto de aluminio y alta tensión titulada “Birth-Right: columna”.

Hoy en día los ciudadanos caraqueños pueden  apreciar “La Aguja de Caracas”, “Biosilice, “Atawa Shihi” (“un gran árbol” en lengua yanomami) y “Flight Machine” en diferentes lugares de la capital.

Por su parte, Jorge terminó trabajando para la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y como consultor en la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) en los 90 con sede en Viena, Austria.

De esta experiencia Jorge Gonçalves adquirió una visión global en geopolítica y economía internacional que actualmente nutre su obra como escritor.

Pero sus inquietudes no se limitaron al campo científico. Como bien señaló este verano el editor David Malavé en La Feria del libro de Madrid, Jorge “es un hombre del Renacimiento”. Con esta afirmación David consigue describir una trayectoria que conjuga la labor científica con el campo artístico y la literatura.

Entre las actividades de investigación de Jorge Gonçalves se puede mencionar el desarrollo de un método matemático para el cálculo de la descomposición LU, basado en el algoritmo de Gauss, que utiliza en su trabajo artístico.

Conocí a Jorge durante nuestra etapa en IBM de Venezuela. Tanto él como Alfredo son apenas dos venezolanos de los muchos que admiro. Compartir con personas como ellos enriquece. Y sin duda, pertenecer a la misma generación y a su círculo de amigos es un privilegio.

Pensando en esto, miro hacia el pasado con ojos del que juzga desde la experiencia y la distancia. En esa mirada siento que se conjuga admiración y tristeza. Admiración por lo que se hizo, por lo que somos y fuimos; tristeza por un presente lleno de dificultades que demuestra que lo que se tiene no siempre se aprecia en su justa medida.

La situación actual de Venezuela insta a plantearse la diferencia que existre entre formación académica y responsabilidad ética.

La interrogante que surge es: cuando llegó el momento de las responsabilidades, ¿qué hizo nuestra generación afortunada con los conocimientos adquiridos gracias a las oportunidades que el país brindó?

Era de esperarse que tras aprovechar las oportunidades que brindaba una Venezuela próspera, esta generación llevase al país a mayores cuotas de bienestar y progreso. Pero algo sucedió para que no fuese así.

¿Dónde estuvo parte del fallo? En la doble vara de medir: evitar condenar los abusos y la corrupción de quienes consideramos «nuestros», mientras nos afincamos en los de los contrarios. Unos fueron responsables de sus actos; otros contribuyeron a sostenerlos al cerrar los ojos, justificarlos o encubrirlos. El resultado está a la vista.

El tiempo demostró que el acceso a la  educación, el tener un título o desarrollar una carrera profesional no garantiza honradez, respeto por los demás ni compromiso con el bien común.

La generación venezolana actual ya no tiene las oportunidades de sus padres o abuelos. Muchos emigraron buscando un futuro mejor. Profesionales como Jorge, hoy en día en Viena, y  Alfredo, en Milán, Italia, también tuvieron que abandonar el país.

La pérdida de profesionales venía ya desde principios de los años noventa, continuó a finales de esa década y se acentuó a comienzos de los años dos mil.

En una Venezuela en ruinas, la carencia alcanza a los recursos humanos. Profesionales como Alfredo, Jorge, en su día Claudio Mendoza – ex científico de IBM de Venezuela─ o Ricardo Hausmann, se perdieron en favor de otros países que aprovecharon su formación. Hoy en día son necesarios y ya no están.

Esta situación hace que recuerde el dicho de mi abuela paterna: “el que no aprecia lo que tiene, a pedir se queda”. Tengo la sensación de que muy frecuentemente el ser humano cae en este error: no aprecia lo que tiene y por ello no da importancia al hecho de que debe cuidarlo y preservarlo.

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