Una reflexión sobre la sensatez, la coherencia y la responsabilidad pública.
Nota de la autora.
Este texto fue publicado originalmente en mi primer blog con el título “Delimitando el marco de valores” y el subtítulo “Significado de persona sensata”. Al recuperarlo para esta nueva página, he preferido formular el subtítulo como una pregunta: “¿Qué significa ser una persona sensata?”
Lo rescato porque la reflexión que contiene continúa vigente. La experiencia venezolana mostró hasta qué punto la pérdida de la prudencia, la coherencia y la responsabilidad individual puede repercutir en la vida colectiva. Años después, algunos acontecimientos de la actualidad española —entre ellos los debates suscitados por las actuaciones y explicaciones públicas del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero— vuelven a plantear interrogantes semejantes.
No pretendo equiparar automáticamente realidades políticas diferentes ni anticipar conclusiones que corresponde establecer a la justicia. Me interesa recuperar una pregunta anterior y más amplia: qué entendemos por sensatez y qué responsabilidad debemos exigir a quienes intervienen en la vida pública.
El texto se reproduce a continuación respetando, salvo pequeñas correcciones formales, su redacción original.


Publicado originalmente en mi primer blog durante la crisis financiera y de la deuda europea. Esta versión incorpora correcciones de estilo y algunas precisiones conceptuales, pero conserva el argumento central del texto.
Hace algún tiempo que le debo a una amiga un artículo sobre lo que personalmente considero que significa ser una persona sensata. En cierta ocasión, mientras hablaba de ella con otra persona conocida por ambas, mencioné que una de sus virtudes más destacadas era precisamente la sensatez.
Apenas había terminado de decirlo cuando se me ocurrió pensar que este concepto —que la Real Academia Española relaciona con la prudencia, la cordura y el buen juicio— puede asociarse con valores diferentes según el marco de referencia desde el cual se interprete. Me consideré, por tanto, en la obligación de aclarar qué significado tiene para mí esta palabra y de qué marco de valores parto al utilizarla.
Para explicarlo, necesito remontarme a las clases de Psicología Social impartidas por el profesor Marcos Brito en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas, durante la década de 1980.
En aquella asignatura, los estudiantes realizábamos el análisis de contenido de una obra a partir de las teorías sobre la motivación desarrolladas por el psicólogo estadounidense David McClelland. En mi caso, analicé, junto con dos compañeros, la obra teatral “La quema de Judas”, del escritor venezolano Román Chalbaud.
El ejercicio consistía en identificar en la obra indicios de las tres necesidades fundamentales estudiadas por McClelland: la necesidad de logro, la necesidad de poder y la necesidad de afiliación.
La necesidad de logro se relaciona con el deseo de realizar bien una tarea, superar dificultades y alcanzar objetivos que proporcionen una satisfacción personal. La necesidad de afiliación se manifiesta en el deseo de establecer y conservar relaciones positivas con los demás. La necesidad de poder, por su parte, se vincula con la voluntad de influir sobre otras personas o sobre el entorno.
El poder, sin embargo, no tiene una única expresión. Puede ejercerse para organizar, dirigir o desarrollar una obra beneficiosa para una colectividad; pero también puede convertirse en un instrumento de dominación y engrandecimiento personal. Es esta segunda forma de poder, orientada exclusivamente al beneficio propio, la que puede originar procesos destructivos con consecuencias negativas para el individuo y para quienes lo rodean.
Cuando predomina esa necesidad de poder personal, el individuo puede desarrollar una urgencia desmedida por acumular recursos económicos muy superiores a sus necesidades, adquirir bienes materiales, obtener reconocimiento y controlar su entorno de acuerdo con sus deseos.
En sus manifestaciones más extremas, esta motivación puede conducir a una persona a involucrarse en negocios poco claros o incluso delictivos con el propósito de mantener una vida de lujo, exhibición y gasto. También puede llevar a ciertos seudointelectuales a apropiarse de las ideas de otros para conseguir prestigio, visibilidad o reconocimiento.
Esta conducta no pertenece a una profesión ni a una clase social determinada. Aparece en quienes intentan ascender a costa de quienes tienen a su lado, corrompiéndose o corrompiendo a otros, y convirtiendo a las personas en instrumentos para alcanzar sus propios fines.
Quienes actúan de este modo suelen ignorar una forma diferente de realización personal, que no depende exclusivamente del prestigio, la riqueza o el reconocimiento social.
Un político puede sentirse realizado cuando consigue ejecutar una obra que beneficia a la comunidad. Un profesor puede experimentar esa satisfacción al comprobar que ha enseñado algo valioso a sus alumnos. Un médico puede encontrarla cuando logra curar o aliviar a sus pacientes. Un empresario puede alcanzarla al crear un proyecto próspero que, además de producir beneficios legítimos, genere empleo y bienestar.
En todos estos casos existe cierta capacidad de influencia y, por tanto, alguna forma de poder. La diferencia reside en la finalidad con la que se ejerce.
Cuando un político o un empresario está motivado exclusivamente por el poder asociado al cargo, por el dinero o por la visibilidad que proporciona su posición, aumentan las posibilidades de que incurra en comportamientos corruptos. En tales circunstancias, acaba justificando los medios empleados por los fines que desea alcanzar.
Un profesor dominado por esa forma de poder puede interesarse más por el dinero, la imagen o el prestigio que le proporciona su posición que por su verdadera labor educativa o por el respeto a las ideas de sus compañeros y alumnos. Del mismo modo, un médico puede valorar más el reconocimiento social y los beneficios económicos que la salud y el bienestar de sus pacientes.
Por el contrario, cuando una persona se encuentra profundamente motivada por el logro y orienta sus capacidades hacia una realización compatible con el bienestar de los demás, puede generar satisfacción no solo para sí misma, sino también para su entorno. La realización personal deja entonces de ser una empresa puramente individual y se convierte en una aportación a la vida colectiva.
El poder buscado únicamente para alimentar el prestigio, la riqueza o el protagonismo produce el resultado contrario. La satisfacción deseada nunca termina de alcanzarse, porque la necesidad de poseer, dominar o ser reconocido se incrementa progresivamente. El individuo entra así en un círculo interminable en el que ningún grado de poder parece suficiente.
Diversos pensadores han señalado que en las sociedades contemporáneas existe una tendencia a valorar el poder, la acumulación y la exhibición por encima de otras formas de realización humana.
Erich Fromm reflexiona sobre esta cuestión en “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea ” y en “¿Tener o ser?”. Según su planteamiento, el ser humano moderno puede sufrir un proceso de alienación que lo lleva a confundir el «tener» con el «ser», provocando infelicidad tanto en sí mismo como en quienes lo rodean.
Después de esta digresión, puedo regresar al asunto central del artículo.
Considero sensata a una persona que consigue establecer un equilibrio entre sus necesidades de logro, afiliación y poder. No se trata de renunciar a la ambición, a la influencia ni al reconocimiento, sino de impedir que estos deseos se impongan sobre la integridad personal, el respeto hacia los demás y la capacidad de realizar una obra valiosa.
Cuando dije que la cualidad que más admiraba en mi amiga era la sensatez, quise expresar que había conseguido algo poco frecuente: orientar su vida hacia la realización personal y, al mismo tiempo, establecer relaciones sanas con sus familiares y amigos.
Mi amiga antepone el «ser» al «tener». Es una de esas personas que parecen haber escapado de una enfermedad bastante extendida: la necesidad inconmensurable de poder, prestigio, protagonismo y visibilidad.
No puedo imaginar como personas sensatas a quienes provocaron o agravaron la falta de liquidez del sector financiero que afectaba entonces a tantos ciudadanos. Tampoco puedo considerar sensatos a los dirigentes incapaces de gobernar en beneficio de las mayorías ni a los hombres de negocios que se aprovechan de la miseria de los demás, ya sea mediante el tráfico de drogas, la corrupción o la especulación económica.
Quienes actúan de esa manera parecen indiferentes ante las consecuencias que sus decisiones tienen sobre las personas, sobre un sistema educativo más igualitario o sobre un sistema sanitario capaz de garantizar el bienestar de los ciudadanos.
Lejos de representar la inteligencia, el éxito o el buen juicio, encarnan una forma extrema de insensatez y alienación. Tras ellos quedan el dolor, la desigualdad y la destrucción.
La verdadera sensatez requiere algo diferente: conocerse, establecer límites a los propios deseos y comprender que ninguna realización personal puede considerarse completa cuando se construye a costa de los demás.







