Una pregunta formulada en 2012 terminó abriéndose camino hacia la ficción.
“Fábula de la violencia venezolana del siglo XXI en busca de autor”.
El 21 de mayo de 2012 publiqué en mi antiguo blog un artículo titulado “Fábula de la violencia venezolana del siglo XXI en busca de autor”. Lo escribí después de asistir a la puesta en escena de una adaptación teatral de “Cuando quiero llorar no lloro”, de Miguel Otero Silva, realizada por José Domínguez, antiguo compañero de carrera en la Universidad Católica Andrés Bello.
En esta novela, Miguel Otero Silva —escritor, periodista y uno de los fundadores de “El Nacional”— reflejó la violencia política y social que atravesó la Venezuela de los años sesenta. En ella expone cómo la violencia afectó a la juventud de aquella etapa, más allá del cambio de régimen.



José Domínguez llevaba esta adaptación a escena por segunda vez; la primera puesta en escena se había realizado en 2009, cuando yo aún no me encontraba en Venezuela. Al asistir a esta nueva representación, la obra me llevó a reflexionar sobre la violencia social que había encontrado en el país después de veinte años de ausencia continuada.
Sin comprender todavía la gravedad ni las dimensiones de lo que estaba observando, escribí entonces que, mientras contemplaba la adaptación teatral de José Domínguez, no podía dejar de pensar que la violencia era un fenómeno que atravesaba transversalmente la historia venezolana.




La pregunta que me formulaba era quién sería el escritor capaz de narrar la fábula de la violencia que azotaba a la Venezuela de comienzos del siglo XXI.
Plasmé de esta manera la impresión que tenía en aquel momento:
“Este país, puerta de entrada por el norte del continente suramericano, se encuentra en pleno siglo XXI sufriendo día a día el flagelo de la violencia que, aunque es un fenómeno que viene de lejos, ha adquirido un cariz especialmente virulento en el contexto de la Venezuela revolucionaria y polarizada”.
Todavía interpretaba lo que sucedía desde categorías que hoy considero insuficientes. Me refería, por ejemplo, a las invasiones de propiedades privadas, cometidas con aparente impunidad, como una de las manifestaciones de la violencia ejercida contra la población. Escribí entonces:
“Parecen estar dirigidas por mafias bien organizadas que semejan tener conexión con diferentes vertientes de la delincuencia común, tales como el narcotráfico o los secuestros exprés. Esto es lo que se desprende de las noticias de sucesos que plagan las páginas de los diarios”.

Continuaba señalando que aquella violencia, reflejada en los medios de comunicación o transmitida de boca en boca, dejaba atónitos a quienes la escuchábamos o la leíamos:
“La saña de un ser humano perpetrada contra otro ciudadano es inusitada: cuerpos que aparecen decapitados o simplemente ‘cosidos’ a balazos. Algo que nunca se había visto en la Venezuela que conocí”.
Para intentar explicar lo que observaba, recurrí al concepto marxista de lumpenproletariado.
“Lo cierto es que, en el marco de esta revolución bolivariana, parece que un nuevo protagonista ha irrumpido en escena: el lumpenproletariado, una masa anónima formada por individuos procedentes de la periferia marginal de la sociedad, cercana a la delincuencia y convencida de que no tiene nada que perder”.

Hoy advierto que aquella interpretación establecía una asociación demasiado directa entre marginalidad, pobreza y delincuencia. No alcanzaba a comprender todavía la compleja red de intereses políticos, económicos y criminales que estaba desarrollándose en el país ni la utilización de determinados grupos por parte de quienes ejercían o disputaban el poder.
Sin embargo, el artículo ya recogía algunos de los efectos que la violencia estaba produciendo sobre la vida cotidiana.
“Los más leales seguidores de Chávez reconocen que el líder fracasó en el control de este submundo que amenaza la estabilidad de la población. En vano parecen haber sido las misiones lanzadas para controlar esta ola de intimidación que tiene a la población confinada en sus casas después de las seis de la tarde. Este ambiente de terror espanta y dispersa a la clase media, que huye en busca de un presente y un futuro más seguros allende las fronteras de su país”.

Al releer hoy aquel trabajo, no encuentro exactamente una interpretación absurda, como pensé en un primer momento, sino una lectura todavía ingenua e incompleta. Miraba Venezuela desde la distancia que me había impuesto mi prolongada residencia en España. Apenas alcanzaba a ver la punta del iceberg y todavía no comprendía hasta qué punto la violencia estaba vinculándose con el poder, penetrando las instituciones y transformándose en una forma de control social.
A pesar de esas limitaciones, había percibido algo esencial: la inseguridad ciudadana y jurídica se encontraba entre las principales preocupaciones de los venezolanos durante la primera década del siglo XXI.
Terminaba aquel artículo con estas palabras:
“Miguel Otero Silva ya no está para vivirla, aprehenderla y dejarla plasmada en una novela que sería la continuación de su obra narrativa. Por tanto, se puede decir que la fábula de la violencia venezolana del siglo XXI anda en busca de autor”.
Poco podía imaginar entonces que aquella fábula no solo encontraría autor, sino que yo misma acabaría escribiendo una parte de ella.
“Motín en la cárcel. Al Fare le voltearon el carro” es una de las respuestas a la pregunta que me formulé en 2012. La novela no pretende abarcar toda la violencia venezolana del siglo XXI, pero nace de sus entrañas: de las cárceles convertidas en territorios gobernados por poderes paralelos, del miedo, de la impunidad y de una sociedad obligada a convivir con unas formas de violencia cuya verdadera dimensión apenas comenzábamos entonces a comprender.


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