Mercedes Fuentes

Palabras que conectan mundos

Escribir es recordar

Mercedes Fuentes

Del periodismo a la escritura.

Mi traslado a España en 1991 marcó el final de mi ejercicio profesional continuado como periodista y el comienzo de una etapa distinta. Después de más de una década dedicada a la información general, política, cultural, económica y tecnológica, mi vida se orientó hacia otras responsabilidades personales y profesionales. En Logroño nacieron mis dos hijos y, durante un tiempo, elegí trabajos que me permitieran conciliar la actividad laboral con la maternidad.

Sin embargo, alejarme de las redacciones no significó dejar atrás el periodismo. El oficio permaneció en mi manera de observar, investigar y organizar el trabajo. La necesidad de documentar los hechos, contrastar la información, encontrar las preguntas adecuadas y escuchar atentamente a las personas se convirtió en una base fundamental de mi escritura posterior.

El periodismo me había enseñado, sobre todo, a trabajar. Me proporcionó disciplina, capacidad de investigación y una forma de acercarme a realidades muy distintas. A lo largo de mi trayectoria tuve que comprender problemas sanitarios, acontecimientos políticos, procesos económicos, transformaciones tecnológicas y vidas individuales marcadas por circunstancias extraordinarias. Cada tema exigía entrar en un territorio nuevo, identificar sus claves y convertirlo en una historia comprensible para el lector.

Mi interés por las vidas difíciles, no obstante, era anterior al ejercicio de la profesión. Crecí en Venezuela dentro de una familia de emigrantes y en un entorno en el que convivían exiliados españoles, sobrevivientes y descendientes de personas afectadas por el Holocausto, así como inmigrantes italianos y portugueses. Desde niña escuché historias de guerras, desplazamientos, separaciones familiares y vidas reconstruidas lejos del lugar de origen.

Aquellos relatos me enseñaron que los grandes acontecimientos históricos no terminan cuando cesan las guerras o cambian los gobiernos. Sus consecuencias permanecen en las familias, en los silencios, en los recuerdos y en la identidad de las generaciones siguientes. El periodismo me permitió reconocer esas mismas fracturas en la realidad venezolana y acercarme directamente a personas afectadas por la violencia, la desigualdad, la emigración o la pérdida.

Cuando comencé a escribir ficción, esa mirada reapareció de manera natural. Mis personajes no nacieron solamente de la imaginación, sino también de la observación de una sociedad compleja y de las historias conocidas a lo largo de mi vida. La experiencia periodística me ayudó a documentar los escenarios, comprender los contextos y construir personajes vinculados con circunstancias históricas y sociales concretas.

En Logroño terminé de escribir “Historia de un homicidio en Guayana”, una novela relacionada con la Venezuela minera, la emigración y la violencia. Posteriormente, el doctorado y la investigación académica me condujeron hacia el estudio del exilio español y de la obra de María Teresa León. También comencé a escribir ensayos en los que la investigación, la interpretación y la voluntad de comprender continúan ocupando un lugar central.

La transición del periodismo a la literatura no constituyó, por tanto, una ruptura, sino una transformación. En el periódico buscaba la historia que se encontraba detrás de una noticia; en la narrativa intento comprender las fuerzas que condicionan la vida de los personajes. En la entrevista escuchaba una voz y reconstruía una trayectoria; en la investigación recupero textos, contextos y figuras que corren el riesgo de quedar silenciadas.

Con el tiempo, mis distintas actividades —periodismo, investigación, ensayo y ficción— han terminado confluyendo. En todas ellas permanece una misma preocupación: observar la realidad, indagar en sus zonas menos visibles y contar las historias de quienes han quedado atrapados por la violencia, el exilio, la pérdida, las decisiones familiares o las circunstancias de su tiempo.

El periodismo fue mi primera escuela de escritura. Me enseñó a mirar y a preguntar, pero también a comprender que ninguna vida puede explicarse únicamente por lo que aparece en la superficie. Esa convicción continúa guiando mi trabajo como investigadora y escritora.