Aunque mis primeros pasos en “El Mundo” estuvieron vinculados principalmente con la información policial, sanitaria y social, durante aquella pasantía también pasé por la fuente de espectáculos. No era entonces el ámbito periodístico que más me atraía, pero esa experiencia me permitió acercarme por primera vez al trabajo de artistas, fotógrafos, cineastas y figuras de la cultura popular.
En esa etapa entrevisté al fotógrafo y cineasta italiano Franco Rubartelli, conocido por su trabajo con la modelo Veruschka. Rubartelli había terminado estableciéndose en Venezuela y, cuando conversé con él, se encontraba trabajando en la edición de su película “Simplicio”. También asistí a la presentación de la película ante la prensa. Aquel encuentro me permitió observar de cerca el proceso creativo de un artista europeo que había encontrado en Venezuela un nuevo espacio para desarrollar su obra.



Como ya mencioné cuando pasé a “Élite”, entrevisté a Joselo, una de las figuras más populares del humor televisivo venezolano. Conseguir el encuentro resultó especialmente difícil y me enseñó que el periodismo cultural también requería perseverancia, capacidad de negociación y paciencia. Detrás de una entrevista aparentemente ligera existía, como en cualquier otro ámbito del periodismo, un trabajo previo que pocas veces llegaba a conocer el lector.
Mi relación con el periodismo cultural adquirió una dimensión especial cuando trabajé como redactora en “La Voz Hispana”, un periódico dirigido a la comunidad española residente en Venezuela. Allí entrevisté a distintas personalidades españolas que visitaban el país, entre ellas Paco de Lucía, Antonio Gades, Massiel y Paloma San Basilio.


Aquellas entrevistas constituían algo más que una información sobre espectáculos. Permitían mostrar el intercambio cultural existente entre España y Venezuela y acercar a los lectores a artistas que representaban distintas formas de expresión: el flamenco, la danza, la canción y la cultura popular. En una sociedad formada por personas procedentes de numerosos países, la actividad cultural era también una manera de conservar vínculos con los lugares de origen y, al mismo tiempo, de crear una identidad compartida.
Recuerdo especialmente la entrevista con Paco de Lucía, a quien había visto actuar la noche anterior junto con Chick Corea. Al finalizar el concierto le pedí una entrevista y acordamos encontrarnos al día siguiente. De aquella conversación conservo una fotografía espontánea tomada por un fotógrafo argentino exiliado. La imagen no solamente guarda el recuerdo del artista, sino también el ambiente humano e imprevisible que acompañaba muchas veces el trabajo periodístico.

El periodismo cultural me permitió descubrir que una entrevista a un artista no debía limitarse a promocionar una actuación, una película o un disco. También podía indagar en su proceso creativo, en las experiencias que habían dado forma a su obra y en su manera de relacionarse con el público y con el tiempo histórico que le había correspondido vivir.
En aquellas conversaciones comenzó a afianzarse un interés que más tarde reaparecería en mis ensayos e investigaciones: comprender la relación entre una obra y la persona que la crea. El periodismo me enseñó a acercarme a los artistas desde la curiosidad, pero también desde la atención a sus palabras, sus silencios y las circunstancias culturales e históricas que rodeaban su trabajo.

