Mientras realizaba mi pasantía en “El Mundo”, un fotógrafo del periódico me recomendó que solicitara una colaboración en “Élite”, una revista de larga trayectoria que, para entonces, estaba dedicada fundamentalmente a la información política y a los asuntos de interés nacional. Acepté la sugerencia sin imaginar que aquella nueva etapa me permitiría asumir responsabilidades periodísticas importantes cuando todavía cursaba la carrera de Comunicación Social.
Mi primer trabajo para la revista estuvo relacionado con el asalto perpetrado en noviembre de 1980 por los llamados “Grupos del Pueblo” en la residencia privada del embajador de España en Caracas. El director decidió encomendarme la cobertura debido a mis orígenes familiares y a mi acento español. Yo era, sin embargo, una joven venezolana de ascendencia española que en aquel momento conocía poco la realidad política de España. La experiencia me obligó a documentarme rápidamente y a enfrentar un acontecimiento complejo desde una perspectiva que, de alguna manera, también remitía a mi propia identidad.
A comienzos de 1981 recibí el encargo de preparar un trabajo con motivo del aniversario del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, ocurrido el 23 de enero de 1958. Para ello entrevisté a varios de los militares que habían participado en los movimientos contra la dictadura. Entre ellos se encontraba el teniente coronel Hugo Trejo, quien, apenas iniciamos la conversación, pronunció una frase que se convirtió en el titular de la entrevista:
“Por esta democracia no luchamos los jóvenes de 1958”.

La entrevista alcanzó una repercusión que yo no había previsto. Su contenido fue recogido fuera de Venezuela y retomado posteriormente en televisión. Incluso llegué a encontrarme con personas que, al saber que estudiaba periodismo, me recomendaban leer aquel trabajo como ejemplo de la clase de entrevista que debía realizar un periodista, sin saber que yo era su autora.
Aquella experiencia me enseñó el valor de reconocer una declaración significativa en el momento en que se produce. También me hizo comprender que una buena entrevista no depende únicamente de las preguntas preparadas: exige escuchar, percibir el alcance de las palabras del entrevistado y situarlas dentro del contexto histórico y político al que pertenecen.
No todos los trabajos, sin embargo, se desarrollaban con la misma facilidad. Después de la entrevista a Hugo Trejo me encomendaron entrevistar a Joselo, uno de los humoristas más populares de la televisión venezolana. Durante semanas no conseguí concretar el encuentro: unas veces no respondía y otras me hacía esperar sin presentarse. Cuando expliqué al director que parecía estar teniendo muy mala suerte, me respondió que comenzaba a tener “la suerte normal de un periodista”, porque hasta entonces todo había resultado demasiado favorable. Finalmente, gracias a la intervención de la revista, Joselo me recibió en su casa y pude realizar la entrevista.

La anécdota encerraba una enseñanza que habría de acompañarme durante toda mi vida profesional: el periodismo requiere curiosidad y capacidad de observación, pero también insistencia, paciencia y disposición para superar negativas, retrasos e imprevistos.
En “Élite” el director comenzó a presentarme como redactora de la revista, aunque yo todavía estaba en tercer año de la carrera. Ese reconocimiento representó un paso decisivo en mi formación. Dejé de sentirme únicamente como una estudiante que comenzaba a practicar el oficio y empecé a asumir la responsabilidad de quien debía investigar, entrevistar y entregar textos destinados a una publicación de alcance nacional.
Mi paso por “Élite” fue, por tanto, una etapa de afirmación profesional. Allí confirmé mi interés por la entrevista y descubrí que las palabras de una persona podían iluminar un momento histórico, cuestionar las versiones establecidas o revelar las contradicciones de una sociedad. También aprendí que detrás de cada trabajo publicado existía una parte menos visible del oficio: llamadas sin respuesta, encuentros aplazados, documentación, perseverancia y la búsqueda constante de una historia que mereciera ser contada.

