Mercedes Fuentes

Escritora, periodista e investigadora

Escribir es recordar

  • Palabras que conectan mundos

    Miradas que conjugan admiración y tristeza.

    Generación afortunada.

    Recientemente tuve la oportunidad de ver-escuchar la entrevista que Jorge Gonçalves Romero realizó en el 2021 al artista Alfredo Ramírez Lira en su Podcast “Personajes de la Venezuela Virtual”.

    Con la entrevista-conversación entre Jorge y Alfredo regresaron a mi mente reflexiones que son un leitmotiv. Entre ellas está la constatación de que la generación venezolana de los Baby Boomers fue el resultado de un país de oportunidades, pujante y en crecimiento. El contraste con los resultados de los últimos 26 años es evidente.

    Tanto Alfredo como Jorge son dos dignos representantes de una Venezuela que brindó oportunidades de desarrollo para propios y extraños, tanto en el área del progreso económico como en el de la formación académica.

    Las oportunidades existían y estaban al alcance de personas de distintos niveles sociales, aunque no todos pudieran o quisieran aprovecharlas del mismo modo.

    En Venezuela no solo la educación pública básica y secundaria era gratuita; también la universitaria. Pero, adicionalmente, la población tenía acceso a estudios en instituciones académicas de prestigio en otros países gracias a las becas Gran Mariscal de Ayacucho.

    Alfredo, hijo del arquitecto Luis Ramírez y Ángela Lira, es un artista plástico que pasó por  la Escuela Cristóbal Rojas y por el taller del grabador y ceramista uruguayo Ángel Fong.

    Posteriormente, a finales de los 70, Alfredo expuso individualmente con el nombre “Homenaje a Van Gogh”, en su ciudad natal, Mérida. El éxito de crítica y la recepción de esta primera exposición individual fue el impulso definitivo para su carrera.

    En la década de los 70 y 80 Venezuela funcionó como puerto de refugio para muchos intelectuales y artistas del Cono Sur.

    La confianza y el reconocimiento del entorno intelectual venezolano llevaron a este artista en ciernes a dar el gran salto. Así fue como en 1980 viajó a Italia para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Brera en Milán y después en la de Venecia.

    En esta etapa trabajó en litografía, grabado y serigrafía en el Instituto Internacional de la Gráfica en Venecia.

    Por su parte Jorge Gonçalves, estudió Ingeniería Eléctrica, con especialización en alta potencia y generación de energía eléctrica. Posteriormente viajó a Alemania, donde realizó un doctorado en Arquitectura de Computadores en la Universidad de Paderborn, centrado en el diseño de la estructura interna y del hardware de los computadores.

    Tras completar su formación en el extranjero Jorge y Alfredo regresaron a Venezuela y desempeñaron labores de docencia. Alfredo impartió clases de expresión gráfica y grabado en la Universidad de Los Andes y Jorge ejerció como profesor de la Universidad Central de Venezuela e investigador en el Centro Científico de IBM de Venezuela.

    Como resultado de su trabajo, Alfredo recibió varios premios, entre ellos la mención en dibujo de la Galería Art Mondial, Milán, en 1980; y el de la V Bienal de Guayana en 1997 por su icónica obra de esqueleto de aluminio y alta tensión titulada “Birth-Right: columna”.

    Hoy en día los ciudadanos caraqueños pueden  apreciar “La Aguja de Caracas”, “Biosilice, “Atawa Shihi” (“un gran árbol” en lengua yanomami) y “Flight Machine” en diferentes lugares de la capital.

    Por su parte, Jorge terminó trabajando para la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y como consultor en la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial (ONUDI) en los 90 con sede en Viena, Austria.

    De esta experiencia Jorge Gonçalves adquirió una visión global en geopolítica y economía internacional que actualmente nutre su obra como escritor.

    Pero sus inquietudes no se limitaron al campo científico. Como bien señaló este verano el editor David Malavé en La Feria del libro de Madrid, Jorge “es un hombre del Renacimiento”. Con esta afirmación David consigue describir una trayectoria que conjuga la labor científica con el campo artístico y la literatura.

    Entre las actividades de investigación de Jorge Gonçalves se puede mencionar el desarrollo de un método matemático para el cálculo de la descomposición LU, basado en el algoritmo de Gauss, que utiliza en su trabajo artístico.

    Conocí a Jorge durante nuestra etapa en IBM de Venezuela. Tanto él como Alfredo son apenas dos venezolanos de los muchos que admiro. Compartir con personas como ellos enriquece. Y sin duda, pertenecer a la misma generación y a su círculo de amigos es un privilegio.

    Pensando en esto, miro hacia el pasado con ojos del que juzga desde la experiencia y la distancia. En esa mirada siento que se conjuga admiración y tristeza. Admiración por lo que se hizo, por lo que somos y fuimos; tristeza por un presente lleno de dificultades que demuestra que lo que se tiene no siempre se aprecia en su justa medida.

    La situación actual de Venezuela insta a plantearse la diferencia que existre entre formación académica y responsabilidad ética.

    La interrogante que surge es: cuando llegó el momento de las responsabilidades, ¿qué hizo nuestra generación afortunada con los conocimientos adquiridos gracias a las oportunidades que el país brindó?

    Era de esperarse que tras aprovechar las oportunidades que brindaba una Venezuela próspera, esta generación llevase al país a mayores cuotas de bienestar y progreso. Pero algo sucedió para que no fuese así.

    ¿Dónde estuvo parte del fallo? En la doble vara de medir: evitar condenar los abusos y la corrupción de quienes consideramos «nuestros», mientras nos afincamos en los de los contrarios. Unos fueron responsables de sus actos; otros contribuyeron a sostenerlos al cerrar los ojos, justificarlos o encubrirlos. El resultado está a la vista.

    El tiempo demostró que el acceso a la  educación, el tener un título o desarrollar una carrera profesional no garantiza honradez, respeto por los demás ni compromiso con el bien común.

    La generación venezolana actual ya no tiene las oportunidades de sus padres o abuelos. Muchos emigraron buscando un futuro mejor. Profesionales como Jorge, hoy en día en Viena, y  Alfredo, en Milán, Italia, también tuvieron que abandonar el país.

    La pérdida de profesionales venía ya desde principios de los años noventa, continuó a finales de esa década y se acentuó a comienzos de los años dos mil.

    En una Venezuela en ruinas, la carencia alcanza a los recursos humanos. Profesionales como Alfredo, Jorge, en su día Claudio Mendoza – ex científico de IBM de Venezuela─ o Ricardo Hausmann, se perdieron en favor de otros países que aprovecharon su formación. Hoy en día son necesarios y ya no están.

    Esta situación hace que recuerde el dicho de mi abuela paterna: “el que no aprecia lo que tiene, a pedir se queda”. Tengo la sensación de que muy frecuentemente el ser humano cae en este error: no aprecia lo que tiene y por ello no da importancia al hecho de que debe cuidarlo y preservarlo.

  • Palabras que conectan mundos

    SALAZAR CHAPELA, BERTRAND RUSSELL Y LA FELICIDAD

    “La casualidad de la vecindad me permite ver a Bertrand Russell pasar por delante de mi ventana”. Así comienza “Bertrand Russell y la felicidad”, artículo que Esteban Salazar Chapela, escritor exiliado en Londres y último cónsul de la República española en Glasgow, publicó en El Nacional de Venezuela en 1956.

    Ambos eran vecinos en Millbank, junto al Támesis. Salazar Chapela tenía allí su residencia y su despacho de corresponsalía, mientras que Russell vivía en el número 29 de la misma calle. Desde su ventana, el escritor malagueño podía verlo pasar acompañado de su esposa, Edith Finch.

    Lo que le llamaba la atención era la vitalidad de su ilustre vecino. Con su rostro de “pasa malagueña” y su pelo blanco “como la espuma”, el filósofo conservaba una figura erguida y ágil. La pareja caminaba siempre cogida del brazo, pero, según observaba Salazar Chapela, era el octogenario quien parecía sostener y arrastrar a su esposa.

    Russell llevaba además un maletín poco corriente: una caja de madera con asa que despertaba la curiosidad del escritor y añadía una nota de humor a sus encuentros desde la ventana:

    “«Ahí viene el filósofo Bertrand Russell con su señora», le digo yo a mis visitantes, si tengo visitantes ese día, cuando veo venir por la calle al filósofo Bertrand Russell. Y todos nos asomamos para ver pasar al filósofo Bertrand Russell, a su señora y a su paralelepípedo ¿Qué llevará en esa caja?, me he preguntado yo a veces. ¿Un tratado de ciencia pura? ¿El secreto de su juventud inacabable? ¿Las joyas de sus cuatro esposas?”.

    La admiración de Salazar Chapela era compartida por otros contemporáneos. El escritor y diputado británico Michael Foot describió a Russell como el hombre más feliz que conocía. El filósofo, premio Nobel de Literatura en 1950, seguía trabajando e interviniendo en la vida pública, con una persistencia que también se manifestaba en su lucha contra la guerra.

    Salazar Chapela conocía “La conquista de la felicidad” publicado en 1930 y encontró en ese ensayo una idea que hizo suya:

    “Russell cree, como creemos algunos mortales, que la base de la felicidad consiste en tener un propósito —grande o mediano— y persistir en ese propósito con toda nuestra fuerza”.

    Leída desde el exilio, la reflexión adquiere un sentido particular. Para Salazar Chapela perseverar suponía continuar su obra y mantener los vínculos con quienes compartían el destierro.

    En “Perico en Londres”, ese compromiso aparece en una escena: el escritor sueña que un grupo de compatriotas se acerca bajo la lluvia y que él solo tiene un paraguas para compartir. Se puede leer la imagen como una expresión de su deseo de ayudar y de la insuficiencia de sus medios. Ya no disponía de los recursos de su antiguo puesto consular, pero seguía sintiéndose ligado a la suerte de los republicanos refugiados en Inglaterra.

    Así, el artículo sobre Russell puede leerse también como una declaración de intenciones. Mientras el exilio se prolongaba, Salazar Chapela seguía escribiendo y emprendiendo proyectos. Desde su ventana veía pasar a un hombre que conservaba la energía para trabajar y hacer planes. Esa presencia cotidiana podía recordarle que aún quedaban propósitos por cumplir y un paraguas que compartir.

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    Juan Larrea: “Correspondencia con Robert Gurney”

    Al día siguiente de concluir la Feria del Libro de Madrid, el 15 de junio, asistí a la presentación de “Correspondencia con Robert Gurney”, de Juan Larrea, en el salón de actos del Instituto Cervantes».

    La edición y el estudio crítico corrieron a cargo del hispanista y catedrático italiano Gabriele Morelli, profesor emérito de la Università degli Studi di Bergamo, quien viajó a Madrid para presentar el volumen, acompañado en una mesa redonda por el crítico e historiador del arte Juan Manuel Bonet y el editor Abelardo Linares.

    El volumen recopila el epistolario entre el escritor exiliado Juan Larrea, uno de los poetas y pensadores de la primera vanguardia española, y el hispanista británico Robert Gurney.

    Larrea  vivió un largo exilio, estableciéndose primero en México, en donde participó en la fundación de la revista “España Peregrina” y de los “Cuadernos Americanos”.

    Tras recibir una beca de la Fundación Guggenheim se trasladó a Nueva York donde permaneció desde 1949 hasta 1956, año en el que se mudó a Córdoba, Argentina. En este país se desempeñó como investigador y profesor universitario hasta su muerte en 1980.

    Durante la presentación, Gabriele Morelli transmitió su pasión por la investigación y el hispanismo. Reconocí en su entusiasmo un sentimiento que me es familiar y no pude evitar identificarme con él.

    Al escucharlo, pude apreciar la dedicación que sostiene este volumen, publicado por la Editorial Renacimiento, y su trabajo de recuperación de las vanguardias de la Edad de Plata española y de la literatura del destierro.

  • Palabras que conectan mundos

    “Simón” en El Retiro

    El 7 de junio de 2026 asistí a la proyección de Simón en el Centro Cultural Casa de Vacas, en el parque de El Retiro. La sesión formaba parte del ciclo de cine-foros organizado por Casa Club Venezuela y coincidió con la celebración de la Feria del Libro de Madrid.

    Acudí en compañía de Jorge Gonçalves Romero y de Linda D’Ambrosio Morales, poeta, narradora, columnista del diario venezolano El Universal y promotora de actividades culturales.

    La película presenta a Simón, interpretado por Christian McGaffney, un joven líder estudiantil que lleva consigo las heridas de la represión y afronta los dilemas del exilio y la búsqueda de asilo.

    Para algunos de los presentes, la proyección fue una experiencia dolorosa. Escuchar sus intervenciones me hizo pensar en el cine como un espacio de catarsis colectiva, donde las heridas individuales encuentran eco en la memoria de otros. Linda D’Ambrosio compartió esa sensación de dolor ante lo narrado.

    Mi reacción fue distinta. Después de haber vivido el día a día de Venezuela durante los últimos años, lo que veía en la pantalla no me produjo el mismo impacto que expresaban otros asistentes. Vivir aquellos acontecimientos en primera persona me había impactado mucho más que verlos representados en la pantalla.

    La película está basada en los hechos reales de la crisis y las protestas en Venezuela de 2017 que se tratan en Venezuela: ¿el futuro volverá a sorprender? El protagonista, Simón, personaje ficticio que creó el director Diego Vicentini, es un símbolo que representa la realidad de miles de jóvenes venezolanos.

    El guion se nutrió con entrevistas a líderes estudiantiles reales que fueron detenidos, reprimidos y torturados durante las protestas antigubernamentales. Retrata la dura represión del Estado, el trauma psicológico de los sobrevivientes, la culpa del exilio y el dilema de pedir asilo político en Estados Unidos sabiendo que no se puede regresar

  • Palabras que conectan mundos

    “De Paradero a Venus”, de Jorge Gonçalves Romero.

    Presentación en Madrid.

    En la Venezuela de los años sesenta, específicamente entre 1962 y 1964, Antonio y Carlota, una joven pareja luso-venezolana, viven su cotidianidad en medio de las tensiones de la Guerra Fría, la violencia política de las guerrillas urbanas y los desafíos de la naciente democracia del país.

    Este es el núcleo de la trama de “De Paradero a Venus”, novela de Jorge Gonçalves Romero, escritor venezolano residente en Viena, Austria, desde la década de los noventa.

    La presentación de la obra en Madrid se celebró en Alzacopas, situado en la calle de México, 49. El local reunió a venezolanos de la diáspora, de la que también forman parte sus propietarios.

    La presentación estuvo a cargo de Milagros Socorro, periodista, escritora y profesora universitaria venezolana, ganadora del Premio Nacional de Periodismo en 1999. A continuación, Milagros y Jorge conversaron sobre la novela en un coloquio al que se sumaron los asistentes con sus preguntas y comentarios.

    La velada transcurrió entre personas que comparten la memoria de un país que sienten perdido y la experiencia de un éxodo impuesto por las circunstancias políticas.

    La novela, que recoge las vivencias y los acontecimientos de una época, forma parte de esa memoria. Su lectura abrió un espacio para recordar y reflexionar sobre el camino que condujo a Venezuela hasta su situación actual.

    La intervención musical de Ilana Gonçalves puso el broche al encuentro. Fue también una evocación de aquella Venezuela que crecía y alcanzaba niveles de bienestar que hoy suscitan admiración: un país que acogió a quienes llegaban huyendo de la pobreza y de otros conflictos, y donde muchos pudieron reconstruir sus vidas.

    Al mirar a los reunidos en Alzacopas, pensé que, en un pasado no tan lejano, difícilmente habríamos imaginado que también  seríamos protagonistas de una diáspora.

  • Palabras que conectan mundos

    Encuentros literarios en Madrid

    La Feria del Libro de Madrid celebró su 85.ª edición del 29 de mayo al 14 de junio de 2026, en el tradicional escenario del parque de El Retiro. Bajo el lema «Leer y reír: dos formas de resistir», esta edición estuvo dedicada al humor.

    Durante la feria tuve la oportunidad de reencontrarme con el escritor venezolano Jorge Gonçalves Romero, residente en Viena y amigo de larga data. Jorge se encontraba en Madrid para presentar su novela “De paradero a Venus”.

    Después de tantos años de mantener nuestra amistad a distancia, pudimos conversar cara a cara, sin la pantalla del teléfono de por medio.

    También pude saludar a Miguel Henrique Otero, editor de El Nacional, quien en su día me abrió las puertas del periódico para consultar en sus archivos los artículos publicados por María Teresa León. Nos encontramos en la caseta de Ediciones Kalathos, editorial de profundas raíces venezolanas fundada por David Malavé.

    La feria fue, además, una ocasión para encontrarme con otros miembros de la diáspora venezolana en Madrid. Entre libros y conversaciones compartimos recuerdos, sentimientos de pérdida y añoranza por los tiempos vividos en nuestro país.

    Siento que la Venezuela que conocimos se fue definitivamente. Esa certeza me acompañó entre la alegría de los reencuentros y la nostalgia de lo perdido. Porque volver no es siempre regresar.

  • Palabras que conectan mundos

    Venezuela: ¿el futuro volverá a sorprender?

    Recupero este artículo, escrito al terminar 2017 y publicado en uno de mis blogs anteriores. He revisado ligeramente el texto, conservando la mirada y las preguntas de entonces. Lo comparto como testimonio de aquel momento y de la preocupación con la que observaba el rumbo de Venezuela.

    Venezuela ha finalizado 2017 sumida en una profunda crisis.

    Tras las últimas manifestaciones protagonizadas por la oposición desde el 31 de marzo hasta finales de julio, el Ministerio Público registró 124 muertes, según recogió entonces la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos. Cifras extraoficiales, dadas por el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social , elevó el número de víctimas mortales a 163.


     Mientras, Estados Unidos amplió las sanciones económicas aplicadas en 2014 y 2015, de carácter individual, enfocadas exclusivamente en personas específicas y no en la economía general del país. Las de este 2017 afectaron la negociación de  nuevas emisiones de deuda y bonos del gobierno.

    La Asamblea Nacional elegida en diciembre de 2015 vio menoscabadas sus atribuciones, mientras sus diputados sufrían hostigamiento. La Asamblea Nacional Constituyente asumió funciones legislativas, profundizando el conflicto institucional y el desconocimiento de la voluntad expresada en las urnas.

    La ruptura institucional alcanzó también a la Fiscalía. La Constituyente destituyó a la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, y nombró en su lugar a Tarek William Saab. Ortega Díaz salió después del país.

    Estas decisiones demostraron al ciudadano que su voz era ignorada por el mismo sujeto  que, en su nombre, justificaba su legitimidad en el poder.

    El caos se profundizó. Tras los ingresos fabulosos que sostuvieron la revolución, Venezuela entró en un deterioro que parece no tener fin ni retorno.

    La escasez de productos básicos, así como la ausencia de medicinas y  combustible, han lanzado a la precariedad al ciudadano común que busca escapar de esta situación.

    Los errores cometidos desde las altas esferas se magnifican… Al gobierno se le ven los pies de barro. Los logros cacareados no son tan magníficos que consigan sustentar un movimiento que a todas luces ha fracasado.

    El suelo se hunde para el socialismo del siglo XXI. Las bases parecen  ser de arenisca, como las de las montañas que rodean la capital y sobre las que se erigen miles y miles de viviendas que amenazan  con derrumbarse ante las lluvias tropicales que azotan al país.

    El poder culpa del desastre a la guerra económica. Pero el ciudadano apunta a decisiones políticas fallidas y a la corrupción generalizada.

    Para los acólitos de la revolución saltar la talanquera se ha convertido en hecho corriente y, a todas luces, imparable.

    La fe y la fidelidad de los seguidores revolucionarios  reclamadas  por los líderes, vive  horas bajas. Se busca  imponer por la fuerza unos ideales que ya no convencen. Con los estómagos vacíos la fidelidad revolucionaria es un lujo que resulta difícil de otorgar.

    La revolución bolivariana se hunde inexorablemente en el fracaso. Sus líderes parecen vislumbrar una única salida: el autoritarismo.

    Nadie podrá decir que Venezuela no tuvo la oportunidad de escribir una historia diferente; pero para escribir esa historia se necesita mucho más que deseos. Son necesarios hombres capaces, íntegros y con una clara conciencia del bien común.

    Estas características están ausentes en los dirigentes que tienen en sus manos las riendas del país; y también en parte de  los de la oposición. No es baladí la expresión de “alacranes” referente a algunos “opositores”. Tras ella se esconde el grito de traidores.

    En medio de este caos, el país semeja estar a las puertas de protagonizar otro giro. Todo indica  que el futuro volverá a sorprender a los ciudadanos venezolanos.

  • Palabras que conectan mundos

    ¿Sociedades perfectas?

    El auge de la cultura asiática en occidente.

    Impulsado por el K-pop, los manga, el anime, el cine, las series de TV  y su gastronomía,  sociedades de países como Corea del Sur, China y Japón proyectan entre la población occidental una visión idealizada.

    Con tasas de criminalidad bajas y alta eficacia institucional, sus ciudades se perciben ordenadas, limpias, seguras y tecnológicamente avanzadas.

    Los países mencionados lideran la innovación global mediante grandes avances en inteligencia artificial, semiconductores, robótica y computación cuántica.

    La estética de sus ciudades, junto con la proyección de avances tecnológicos significativos, se asocia con un progreso y una modernidad visual que deslumbra.

     Contraste entre Oriente y Occidente.

    Esta imagen ideal de las principales sociedades de Oriente contrasta con la percepción de crisis e incertidumbre que ha surgido en las democracias de Occidente.

    El ideal de sociedades avanzadas ha trasladado su epicentro desde Europa y América del norte a estos países asiáticos.

    Para la generación del baby boom, que vivió la época dorada de occidente, con sus avances tecnológicos e innovación, bajo el liderazgo de Estados Unidos tras la II Guerra Mundial, el valor romántico que adquiere esta visión ideal suscita escepticismo.

    Desgaste individualista occidental versus cohesión social oriental.

    El desgaste individualista occidental frente a la cohesión social es uno de los debates sociológicos, políticos y filosóficos más cruciales de nuestra época

    Pero también en este punto ─en la tensión entre la libertad personal absoluta y la necesidad humana de pertenencia, estabilidad comunitaria y responsabilidad compartida─ se presentan más interrogantes que aceptación acrítica.

    Gran parte de la generación occidental de los baby boomers ya experimentó en su día vivir en una “sociedad ideal” con sus aciertos y desaciertos.

    Orden y seguridad.

    Lo mismo ocurre con los datos reales sobre seguridad, que suelen ser contradictorios, como, por ejemplo, en el caso de China.

    Según las cifras oficiales chinas del 2025 indican que el índice de satisfacción y la “sensación de seguridad pública” superan el 98,23%.

    Pero, contradictoriamente, no hay cifras relativas a la satisfacción general de la población.

    A falta de estadísticas que completen la información dada por las autoridades, surgen posturas críticas que señalan la falta de total transparencia, así como la existencia de otras formas de delito menos visibles, tales como el fraude digital y la corrupción.

    Pero lo cierto es que el uso masivo de tecnología, redes de cámaras con reconocimiento facial y una fuerte presencia policial contribuyen, de manera directa, a disuadir la delincuencia callejera.

    Mafias y criminalidad que se transforma.

    A pesar de que estas sociedades son percibidas como seguras, no se puede olvidar  el papel que desempeñan las  mafias que en ellas conviven.

    La  Jakuza, en Japón, las Triadas o  las Hei She Hui (sociedades negras) organizaciones de crimen organizado en China y los Jopok o Kkangpae ── gánster o matón ── de Corea del Sur, son grupos que comparten similitudes históricas y operativas.

    Es contradictorio hablar de sociedades respetuosa con los derechos ajenos, la limpieza y el orden,   mientras esas sociedades modélicas tienen las organizaciones mafiosas más antiguas de la historia humana.

    Las Jakuza, organizaciones estructuradas.

    De las Jakuza, como organizaciones criminales estructuradas, existen antecedentes en el período Edo: los Bakuto y Tekiya.

    Aunque la historiografía advierte sobre la tentación de establecer una continuidad demasiado sencilla entre aquellas agrupaciones Bakuto y Tekiya y las organizaciones Yakuza contemporáneas, sin duda estas están entre sus antecedentes históricos más antiguos.

    Actualmente, debido al asfixiante cerco legal y económico, estas organizaciones se han visto obligadas a transformarse mediante fenómenos diversos.

    Entre ellos se pueden mencionar:

    • la fragmentación,
    • el paso al delito digital
    • y  la finalización de las guerras internas entre bandas rivales.

    Las Yakuza en plena evolución.

    El 20 de agosto de 2026 las autoridades japonesas anunciaron que dejarían expirar, por primera, vez una de las designaciones especiales de conflicto, la correspondiente al enfrentamiento con Ikeda-gumi, mientras continuaban las relativas a otros grupos rivales.

    Esto demuestra como la presión estatal ha llegado a modificar el comportamiento de una estructura criminal histórica. Sus miembros buscan mantener un perfil bajo para no llamar la atención.

    Otro cambio es que pasaron a conformarse como redes “fluidas”, anónimas y sin una estructura jerárquica tradicional como las agrupaciones Tokuryū.

    Los Tokuryū, fenómeno criminal distinto.

    Las autoridades japonesas identifican a los Tokuryū como organizaciones distintas. En todo caso considera que son redes anónimas, fluidas y de composición cambiante que han encontrado vínculos con las organizaciones Yakuza actuales y antiguas, con bandas extranjeras y otros ambientes criminales.

    En 2025 la policía japonesa actuó contra más de 12.000 personas en relación con actividades asociadas a estos nuevos entornos.

    Cambio en las actividades criminales.

    Mientras abandonan la tradicional extorsión a comercios, trasladan su actividad a la  ciberdelincuencia: 

    • estafas cibernéticas complejas,
    • fraudes financieros en línea
    • y redes internacionales de lavado de dinero que operan fuera de las fronteras niponas.

    En resumen, no hay una mejora en su estructura clásica, sino una desintegración del modelo tradicional de “mafia corporativa” hacia un ecosistema criminal mucho más oportunista, digital y difícil de rastrear.

    No es una simple metamorfosis Yakuza → Tokuryū, sino ante un nuevo ecosistema criminal en el que lo viejo y lo nuevo se entrecruzan.

    Las Tríadas y su expansión fuera de China.

    Las organizaciones delictivas chinas, como las Tríadas se remontan al siglo XVII. Surgieron durante la resistencia de los súbditos de la dinastía Ming a los invasores mongoles que instauraron la dinastía manchú.

    Transformadas en entes parecidos a las sociedades de socorro mutuo, y ansiosas por conseguir financiamiento, las Tríadas degeneraron en organizaciones criminales y se instalaron en Hong-Kong.

    La instauración del comunismo maoísta y las guerras en el sudeste asiático, provocaron una masiva emigración de la población china hacia occidente.

    Las Tríadas, informadas del auge del consumo de drogas registrado en Estados Unidos y Europa, al promediar la década de 1960, siguieron a esta población que emigraba.

    De Chinatown, en el siglo XX, a América Latina en el XXI.

    Al llegar los años 70, proliferaron las pandillas en los barrios chinos en Estados Unidos: Los Fantasmas, Las Águilas Blancas y Los Dragones Voladores se disputaron la supremacía en el Chinatown de Manhattan.

    Estas bandas desplazaron a las organizaciones Tong, nombre de las sociedades secretas donde se habían agrupado los asiáticos para ayudarse entre sí y proteger a sus paisanos.

    En el siglo XXI la conexión de las Tríadas chinas y las organizaciones criminales de América Latina representa una de las alianzas transnacionales más sofisticadas y lucrativas del mundo criminal.

    En lugar de competir por el control territorial directo, las organizaciones asiáticas, entre ellas las Tríadas, actúan como plataformas financieras, logísticas y operativas que potencian las capacidades de los cárteles latinoamericanos.

    Medios del sudeste asiático indicaron que Wan Kuok-ko, conocido por su apodo “Diente Roto”, y dirigente de la Triada 14K de Macao, forma parte del órgano asesor de la política del gobierno de China. Ingresó a esta posición tras ser excarcelado. Pasó 14 años preso por asesinato, atentado con coche bomba, contrabando de armas, lavado de dinero, trata de personas, extorsión y soborno.

    Cohesión y comunidad / presión social y aislamiento.

    Pero no solo la mafia Yakuza, las Tríadas o los grupos Kkangpae provocan el escepticismo de los baby boomers en el modelo ideal asiático.

    La cohesión social, observada en algunas sociedades de Asia Oriental, y muy admirada por algunos grupos occidentales, suele relacionarse con la tradición confuciana. No obstante, esta es una explicación insuficiente para comprenderla. Hay que tomar en cuenta las diferencias entre países, sus instituciones y sus procesos históricos.

    Pero también es una simplificación no tomar en cuenta la posibilidad de que esta aparente armonía social encubra conformismo, exclusión o control.

    Conductas que cuestionan la cohesión social.

    El fenómeno Hikikomori, presente en Japón, ilustra cómo la presión extrema por el éxito académico y laboral hace que muchos jóvenes se autoexcluyan de participar socialmente.

    Esta autoerxclusión lleva a los adolescentes y jóvenes a encerrarse en su habitación por años, cortando toda relación con el mundo exterior y su propia familia.

    Estos jóvenes descuidan su higiene y salud, mientras que presentan reacciones de irritabilidad desproporcionada.

    En Corea del Sur existe una manifestación similar:  jóvenes aislados y recluidos que se parece mucho al fenómeno japonés.

    Un informe de la Oficina Presupuestaria de la Asamblea Nacional surcoreana estimaba que podría afectar hasta a 540.000 jóvenes de 19 a 34 años, y el Gobierno puso en marcha programas específicos de atención dirigidos a esta población.

    Lo que se conoce como Hikikomori nació como concepto japonés, pero el aislamiento juvenil no es exclusivo de Japón. Como fenómeno se ha extendido a otras sociedades, incluso fuera de Asia.

    Transformación de la intimidad.

    La presión social por adaptarse a unos estándares  de exigencia muy altos, junto con:

    • problemas de conseguir una vivienda digna asequible,
    • la precariedad laboral,
    • el coste educativo,
    • la incorporación femenina al trabajo,
    • el desigual reparto de cuidados del hogar y los hijos,
    • las expectativas profesionales,,
    • cambios de valores,
    • retraso de la emancipación y otros factores,

    han repercutido  en el retraso de la edad para formar pareja o la negativa a casarse o a procrear.

    Notable descenso de la natalidad.

    China, Japón y Corea del Sur afrontan problemas demográficos muy serios.

    China registró solamente 7,92 millones de nacimientos en 2025 y perdió 3,39 millones de habitantes durante ese año. Por su parte, Japón registró un descenso de tres millones de personas en cinco años.

    En el caso de Corea del Sur, después de décadas de descenso, los matrimonios comenzaron a aumentar en 2023 y los nacimientos pasaron de unos 230.000 en 2023 a 238.000 en 2024.

    A pesar de esta pequeña mejoría sigue existiendo en este país una gravísima crisis demográfica estructural, pero la evolución más reciente no es lineal.

    Disminución de las relaciones sexuales.

    El síndrome del celibato es como se le conoce a la disminución de las relaciones sexuales en países de Asia Oriental, especialmente en Japón y China. Este síndrome afecta a una gran parte de los jóvenes.

    Pero las pulsaciones del deseo no han desaparecido.Se han transformado, digitalizado y fragmentado de forma radical.

    Las estadísticas indican que el 68% de los matrimonios japoneses no suelen tener relaciones íntimas.

    La concepción de intimidad se ha reconfigurado.

    Son varias las tendencias de cómo los jóvenes expresan esta necesidad humana:

    • el cibersexo,
    • la  intimidad monetizada,
    • la pornografía pasó de pasiva a  una interacción bidireccional donde se  paga por la simulación de una intimidad personalizada, 
    • prácticas en  plataformas de realidad virtual ,
    • conductas relacionadas con el efecto Pigmaleón y relaciones  de ficción,
    • matrimonios y noviazgos con IA,
    • amor hacia personajes ficticios o avatares de IA…

    Todo un universo de manifestaciones que generan interrogantes que se quedan sin respuesta.

    • ¿Cuál es el coste humano de determinadas formas de orden, rendimiento y cohesión social?
    • ¿Puede una sociedad tener índices extraordinarios de seguridad y al mismo tiempo producir formas intensas de aislamiento?
    • ¿Es posible que exista una fuerte valoración de la comunidad y, simultáneamente, una gran dificultad para expresar vulnerabilidad individual?
    •  ¿Puede una sociedad altamente tecnologizada trasladar también a la tecnología determinadas necesidades afectivas y sexuales que resulta más difícil satisfacer presencialmente?

    Sin duda, todas estas interrogantes están por resolver.

  • Arqueta de cobre con imágenes referidas a los trovadores y el amor cortés.

    Palabras que conectan mundos

    Del amor cortés a mayo del 68.

    Rebeldía, deseo y moral oficial.

    En las primeras décadas del siglo XII, el episcopado había culminado una profunda tarea de reforma interna.

    A los miembros de la vida eclesiástica se les prohibió el matrimonio y se les exigió la abstinencia sexual, considerada entonces una garantía de superioridad espiritual. La Iglesia se purificó y consolidó sus principios, sus estructuras intelectuales y su autoridad apoyándose en la intensa labor de los canonistas.

    Al mismo tiempo, los obispos procuraron remodelar las normas de la sociedad laica a través de la institución matrimonial. Impusieron la formación de parejas según reglas sancionadas por un ritual religioso; reafirmaron la indisolubilidad de la unión conyugal; ampliaron las prohibiciones de parentesco en nombre de un concepto casi ilimitado de incesto; y repitieron que la procreación era la única justificación legítima de la unión sexual. En el fondo, aspiraban a reducir, e incluso a suprimir, el placer dentro del acto conyugal.

    Pero estas normas no fueron aceptadas sin resistencia. Para la Iglesia no fue sencillo imponer su modelo. En la cúspide de la sociedad, la aristocracia reaccionó frente a aquella moral restrictiva.

    En ese contexto surgió una nueva forma de concebir la vida amorosa: el fin’amor —amor fino, amor puro, amor verdadero, en occitano—, llamado más tarde amor cortés por Gaston Paris en 1883.

    En las bases de la sociedad, la imposición eclesiástica tampoco fue recibida pasivamente. Los estudiantes de las escuelas urbanas, aficionados a la literatura, escribieron poesía satírica en latín. En ella expresaban su descontento y criticaban a la Iglesia, a la sociedad establecida y al poder. Por oposición, celebraban el vino, la taberna, el juego, las mujeres y el amor.

    Así, en el siglo XII, tanto el amor cortés como el goliardismo cuestionaron la moral oficial vigente y, en particular, la concepción eclesiástica del matrimonio.

    Ese mismo gesto de desafío volvería a aparecer, muchos siglos después, en la década de los sesenta, cuando los movimientos juveniles pusieron en cuestión los valores de la sociedad establecida.

    El filósofo Herbert Marcuse definió ese impulso como “la gran negación”: la separación, sobre todo de los jóvenes, respecto de una sociedad, una forma de vida e incluso un ámbito familiar. Era un “no” rotundo a un estado de cosas. Pero, como toda negación profunda, implicaba también la afirmación de valores nuevos u opuestos.

    Esa gran negación desembocó en los movimiento beat de los años 50 y hippie de los sesenta del siglo XX.

    Sus raíces pueden rastrearse en California, en la década de los cincuenta, en el barrio de North Beach, donde un grupo de poetas y amigos adoptó una vida informal, libre y bohemia, en abierta oposición a lo establecido. Aquellos escritores quisieron recuperar la voz de Walt Whitman en una poesía oral, mística y contestataria: una nueva conciencia poética como signo inicial de una nueva conciencia social.

    “La Gran Negación” (o el Gran Rechazo) de Herbert Marcuse es un concepto de la teoría crítica que define el rechazo total al sistema capitalista y a la sociedad de consumo. Los movimientos beat y hippie llevaron esta idea a la práctica al vivir fuera de las normas y rechazar el lujo material.

    Luis Antonio de Villena, en “La revolución cultural. Desafío de una juventud”, recuerda que el movimiento beat no fue un fenómeno aislado.

    Tuvo precursores claros, incluso antes de la Segunda Guerra Mundial: Henri Michaux y Antonin Artaud en Francia, y Henry Miller en Estados Unidos. De nuevo, mediante la reivindicación del amor libre, se atacaba la concepción social del matrimonio. Diez siglos después, la juventud volvía a salir a la calle para cuestionar los valores dominantes de una sociedad.

    La comparación no pretende borrar las diferencias entre la Edad Media y la modernidad. Más bien permite observar una continuidad inquietante: cada vez que una moral oficial intenta ordenar el deseo, la juventud, la literatura y ciertas formas de vida la sociedad responde con rebeldía. En el siglo XII fueron el fin’amor y la poesía goliárdica; en el siglo XX, la contracultura beat y el espíritu de mayo del 68. En ambos casos, el deseo se convirtió en una forma de interrogación cultural.

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  • Palabras que conectan mundos

    A propósito de “Motín en la cárcel. Al Fare le voltearon el carro”.

    Una pregunta formulada en 2012 terminó abriéndose camino hacia la ficción.

    “Fábula de la violencia venezolana del siglo XXI en busca de autor”.

    El 21 de mayo de 2012 publiqué en mi antiguo blog un artículo titulado “Fábula de la violencia venezolana del siglo XXI en busca de autor”. Lo escribí después de asistir a la puesta en escena de una adaptación teatral de “Cuando quiero llorar no lloro”, de Miguel Otero Silva, realizada por José Domínguez, antiguo compañero de carrera en la Universidad Católica Andrés Bello.

    En esta novela, Miguel Otero Silva —escritor, periodista y uno de los fundadores de “El Nacional”— reflejó la violencia política y social que atravesó la Venezuela de los años sesenta. En ella expone cómo la violencia afectó a la juventud de aquella etapa, más allá del cambio de régimen.

    José Domínguez llevaba esta adaptación a escena por segunda vez; la primera puesta en escena se había realizado en 2009, cuando yo aún no me encontraba en Venezuela. Al asistir a esta nueva representación, la obra me llevó a reflexionar sobre la violencia social que había encontrado en el país después de veinte años de ausencia continuada.

    Sin comprender todavía la gravedad ni las dimensiones de lo que estaba observando, escribí entonces que, mientras contemplaba la adaptación teatral de José Domínguez, no podía dejar de pensar que la violencia era un fenómeno que atravesaba transversalmente la historia venezolana.

    La pregunta que me formulaba era quién sería el escritor capaz de narrar la fábula de la violencia que azotaba a la Venezuela de comienzos del siglo XXI.

    Plasmé de esta manera la impresión que tenía en aquel momento:

    “Este país, puerta de entrada por el norte del continente suramericano, se encuentra en pleno siglo XXI sufriendo día a día el flagelo de la violencia que, aunque es un fenómeno que viene de lejos, ha adquirido un cariz especialmente virulento en el contexto de la Venezuela revolucionaria y polarizada”.

    Todavía interpretaba lo que sucedía desde categorías que hoy considero insuficientes. Me refería, por ejemplo, a las invasiones de propiedades privadas, cometidas con aparente impunidad, como una de las manifestaciones de la violencia ejercida contra la población. Escribí entonces:

    “Parecen estar dirigidas por mafias bien organizadas que semejan tener conexión con diferentes vertientes de la delincuencia común, tales como el narcotráfico o los secuestros exprés. Esto es lo que se desprende de las noticias de sucesos que plagan las páginas de los diarios”.

    El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) reportó que las cifras de homicidios simples y múltiples habían aumentado en ese año del 2012 y que a finales de diciembre la cifra quedaría con al menos 21 mil 692 personas muertas. Esta cifra suponía una tasa nacional de 73 asesinatos por cada 100 mil habitantes, una proporción récord, que en Caracas, la capital, aún era mucho mayor, del 122%.

    Continuaba señalando que aquella violencia, reflejada en los medios de comunicación o transmitida de boca en boca, dejaba atónitos a quienes la escuchábamos o la leíamos:

    “La saña de un ser humano perpetrada contra otro ciudadano es inusitada: cuerpos que aparecen decapitados o simplemente ‘cosidos’ a balazos. Algo que nunca se había visto en la Venezuela que conocí”.

    Para intentar explicar lo que observaba, recurrí al concepto marxista de lumpenproletariado.

    “Lo cierto es que, en el marco de esta revolución bolivariana, parece que un nuevo protagonista ha irrumpido en escena: el lumpenproletariado, una masa anónima formada por individuos procedentes de la periferia marginal de la sociedad, cercana a la delincuencia y convencida de que no tiene nada que perder”.

    ¿Cuándo Venezuela se volvió tan violenta?, se preguntaba en el 2014 un titular de “BBC Mundo” en español.

    Hoy advierto que aquella interpretación establecía una asociación demasiado directa entre marginalidad, pobreza y delincuencia. No alcanzaba a comprender todavía la compleja red de intereses políticos, económicos y criminales que estaba desarrollándose en el país ni la utilización de determinados grupos por parte de quienes ejercían o disputaban el poder.

    Sin embargo, el artículo ya recogía algunos de los efectos que la violencia estaba produciendo sobre la vida cotidiana.

    “Los más leales seguidores de Chávez reconocen que el líder fracasó en el control de este submundo que amenaza la estabilidad de la población. En vano parecen haber sido las misiones lanzadas para controlar esta ola de intimidación que tiene a la población confinada en sus casas después de las seis de la tarde. Este ambiente de terror espanta y dispersa a la clase media, que huye en busca de un presente y un futuro más seguros allende las fronteras de su país”.

    Al releer hoy aquel trabajo, no encuentro exactamente una interpretación absurda, como pensé en un primer momento, sino una lectura todavía ingenua e incompleta. Miraba Venezuela desde la distancia que me había impuesto mi prolongada residencia en España. Apenas alcanzaba a ver la punta del iceberg y todavía no comprendía hasta qué punto la violencia estaba vinculándose con el poder, penetrando las instituciones y transformándose en una forma de control social.

    A pesar de esas limitaciones, había percibido algo esencial: la inseguridad ciudadana y jurídica se encontraba entre las principales preocupaciones de los venezolanos durante la primera década del siglo XXI.

    Terminaba aquel artículo con estas palabras:

    “Miguel Otero Silva ya no está para vivirla, aprehenderla y dejarla plasmada en una novela que sería la continuación de su obra narrativa. Por tanto, se puede decir que la fábula de la violencia venezolana del siglo XXI anda en busca de autor”.

    Poco podía imaginar entonces que aquella fábula no solo encontraría autor, sino que yo misma acabaría escribiendo una parte de ella.

    “Motín en la cárcel. Al Fare le voltearon el carro” es una de las respuestas a la pregunta que me formulé en 2012. La novela no pretende abarcar toda la violencia venezolana del siglo XXI, pero nace de sus entrañas: de las cárceles convertidas en territorios gobernados por poderes paralelos, del miedo, de la impunidad y de una sociedad obligada a convivir con unas formas de violencia cuya verdadera dimensión apenas comenzábamos entonces a comprender.

    Cuaderno

    Textos recuperados