En las primeras décadas del siglo XII, el episcopado había culminado una profunda tarea de reforma interna.
A los miembros de la vida eclesiástica se les prohibió el matrimonio y se les exigió la abstinencia sexual, considerada entonces una garantía de superioridad espiritual. La Iglesia se purificó y consolidó sus principios, sus estructuras intelectuales y su autoridad apoyándose en la intensa labor de los canonistas.
Al mismo tiempo, los obispos procuraron remodelar las normas de la sociedad laica a través de la institución matrimonial. Impusieron la formación de parejas según reglas sancionadas por un ritual religioso; reafirmaron la indisolubilidad de la unión conyugal; ampliaron las prohibiciones de parentesco en nombre de un concepto casi ilimitado de incesto; y repitieron que la procreación era la única justificación legítima de la unión sexual. En el fondo, aspiraban a reducir, e incluso a suprimir, el placer dentro del acto conyugal.
El fin de la gran renovación de los obispos y de la jerarquía católica en el siglo XII se selló con el Concordato de Worms en 1122 y el I Concilio de Letrán en 1123. Estos acuerdos cerraron la larga lucha contra el poder de los reyes sobre la IglesiaLosconcilios de Letránfueron cinco reuniones de carácter ecuménico de la Iglesia Católica celebradas en la Basílica de San Juan de Letrán en Roma entre los años 1123 y 1517. Estos concilios sirvieron para reformar la disciplina del clero, definir la autoridad del Papa y combatir diversas herejías.El IV Concilio de Letrán fue convocado por el papa Inocencio III en 1215. Es el más importante de esta serie. Impuso la obligación de la confesión anual y la comunión en pascua y definió el dogma de la transubstanciación
Pero estas normas no fueron aceptadas sin resistencia. Para la Iglesia no fue sencillo imponer su modelo. En la cúspide de la sociedad, la aristocracia reaccionó frente a aquella moral restrictiva.
En ese contexto surgió una nueva forma de concebir la vida amorosa: el fin’amor—amor fino, amor puro, amor verdadero, en occitano—, llamado más tarde amor cortés por Gaston Paris en 1883.
En las bases de la sociedad, la imposición eclesiástica tampoco fue recibida pasivamente. Los estudiantes de las escuelas urbanas, aficionados a la literatura, escribieron poesía satírica en latín. En ella expresaban su descontento y criticaban a la Iglesia, a la sociedad establecida y al poder. Por oposición, celebraban el vino, la taberna, el juego, las mujeres y el amor.
Los denominados “clerici vagantes” o “goliardi” pertenecían a los estratos más bajos de la jerarquía eclesiástica y se dedicaban a vagar por los caminos vendiendo su habilidad poética y musical a cambio de limosna.Los goliardos eran clérigos que buscaban en la poesía juglaresca un medio de vida, que no encontraban en el seno de la Iglesia. En ocasiones era una forma de pagar sus estudios, que realizaban a salto de mata. En el siglo XIII, al organizarse las universidades, sacaron de la calle a estas figuras.–
Así, en el siglo XII, tanto el amor cortés como el goliardismo cuestionaron la moral oficial vigente y, en particular, la concepción eclesiástica del matrimonio.
Ese mismo gesto de desafío volvería a aparecer, muchos siglos después, en la década de los sesenta, cuando los movimientos juveniles pusieron en cuestión los valores de la sociedad establecida.
El filósofo Herbert Marcuse definió ese impulso como “la gran negación”: la separación, sobre todo de los jóvenes, respecto de una sociedad, una forma de vida e incluso un ámbito familiar. Era un “no” rotundo a un estado de cosas. Pero, como toda negación profunda, implicaba también la afirmación de valores nuevos u opuestos.
Herbert Marcuse fue uno de los filósofos más destacados de la Escuela de Frankfurt y una de las voces más influyentes del pensamiento crítico del siglo XX. Sus obras analizaron cómo el estilo de vida moderno puede influir en nuestros deseos, hábitos y decisiones sin que muchas veces seamos plenamente conscientes de ello.
Esa gran negación desembocó en los movimiento beat de los años 50 y hippie de los sesenta del siglo XX.
Sus raíces pueden rastrearse en California, en la década de los cincuenta, en el barrio de North Beach, donde un grupo de poetas y amigos adoptó una vida informal, libre y bohemia, en abierta oposición a lo establecido. Aquellos escritores quisieron recuperar la voz de Walt Whitman en una poesía oral, mística y contestataria: una nueva conciencia poética como signo inicial de una nueva conciencia social.
“La Gran Negación” (o el Gran Rechazo) de Herbert Marcuse es un concepto de la teoría crítica que define el rechazo total al sistema capitalista y a la sociedad de consumo. Los movimientos beat y hippie llevaron esta idea a la práctica al vivir fuera de las normas y rechazar el lujo material.
Surgió en el distrito que definían las calles Haight y Ashbury, un barrio de trabajadores ingleses repleto de casas victorianas un tanto abandonadas. Ahí, a finales de los 50, instaló su centro de operaciones esa generación “beat” que eligió como seña de identidad “On the Road”, el libro de Kerouac.El epicentro del movimiento hippy en Estados Unidos estuvo en la ciudad de San Francisco, especialmente en el barrio de Haight-Ashbury, y en la cercana ciudad universitaria de Berkeley. Desde allí se extendió a otras zonas del país como Nueva York.
Luis Antonio de Villena, en “La revolución cultural. Desafío de una juventud”, recuerda que el movimiento beat no fue un fenómeno aislado.
Tuvo precursores claros, incluso antes de la Segunda Guerra Mundial: Henri Michaux y Antonin Artaud en Francia, y Henry Miller en Estados Unidos. De nuevo, mediante la reivindicación del amor libre, se atacaba la concepción social del matrimonio. Diez siglos después, la juventud volvía a salir a la calle para cuestionar los valores dominantes de una sociedad.
La comparación no pretende borrar las diferencias entre la Edad Media y la modernidad. Más bien permite observar una continuidad inquietante: cada vez que una moral oficial intenta ordenar el deseo, la juventud, la literatura y ciertas formas de vida la sociedad responde con rebeldía. En el siglo XII fueron el fin’amor y la poesía goliárdica; en el siglo XX, la contracultura beat y el espíritu de mayo del 68. En ambos casos, el deseo se convirtió en una forma de interrogación cultural.
Una pregunta formulada en 2012 terminó abriéndose camino hacia la ficción.
“Fábula de la violencia venezolana del siglo XXI en busca de autor”.
El 21 de mayo de 2012 publiqué en mi antiguo blog un artículo titulado “Fábula de la violencia venezolana del siglo XXI en busca de autor”. Lo escribí después de asistir a la puesta en escena de una adaptación teatral de “Cuando quiero llorar no lloro”, de Miguel Otero Silva, realizada por José Domínguez, antiguo compañero de carrera en la Universidad Católica Andrés Bello.
En esta novela, Miguel Otero Silva —escritor, periodista y uno de los fundadores de “El Nacional”— reflejó la violencia política y social que atravesó la Venezuela de los años sesenta. En ella expone cómo la violencia afectó a la juventud de aquella etapa, más allá del cambio de régimen.
José Domínguez Bueno (conocido como Pepe Domínguez) director, actor, productor y dramaturgo comenzó su labor artística con el grupo Autoteatro y colaboró en instituciones culturales clave como el Ateneo de Caracas desde 1986.José en una de las salas de estudio de la Universidad Católica Andrés Bello. En aquel entonces ya era licenciado en Administración. Actualmente forma parte de la diáspora venezolana. Reside en Galicia, su lugar de nacimiento. Su formación fue en Caracas, donde gestionó y produjo proyectos escénicos de relevancia.Miguel Otero Silva título su novela “Cuando quiero llorar no lloro inspirándose en los célebres versos del poema “Canción de otoño en primavera” de Rubén Darío.
José Domínguez llevaba esta adaptación a escena por segunda vez; la primera puesta en escena se había realizado en 2009, cuando yo aún no me encontraba en Venezuela. Al asistir a esta nueva representación, la obra me llevó a reflexionar sobre la violencia social que había encontrado en el país después de veinte años de ausencia continuada.
Sin comprender todavía la gravedad ni las dimensiones de lo que estaba observando, escribí entonces que, mientras contemplaba la adaptación teatral de José Domínguez, no podía dejar de pensar que la violencia era un fenómeno que atravesaba transversalmente la historia venezolana.
“Oficina Nº 1”, publicada en 1961 narra el nacimiento y crecimiento rápido y desordenado de un campo petrolero en el oriente de Venezuela en torno al pozo del mismo nombre. Es la continuación de “Casas muertas”publicada en 1955.En 1963 Miguel Otero publica “La muerte de Honorio”. Esta obra trata el encierro y las torturas de cinco presos políticos durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez en Venezuela. Para ese momento ya hacía cinco años que Venezuela había inaugurado la Cuarta República.“Lope de Aguirre, príncipe de la libertad” publicada en, es una novela histórica que reivindica al conquistador vasco Lope de Aguirre. La obra relata su famosa y sangrienta expedición desde Perú en busca de El Dorado. Miguel Otero Silva reinterpreta en esta obra al conquistador no como un cruel tirano, sino como el primer rebelde y precursor de la independencia americana contra la Corona española.
La pregunta que me formulaba era quién sería el escritor capaz de narrar la fábula de la violencia que azotaba a la Venezuela de comienzos del siglo XXI.
Plasmé de esta manera la impresión que tenía en aquel momento:
“Este país, puerta de entrada por el norte del continente suramericano, se encuentra en pleno siglo XXI sufriendo día a día el flagelo de la violencia que, aunque es un fenómeno que viene de lejos, ha adquirido un cariz especialmente virulento en el contexto de la Venezuela revolucionaria y polarizada”.
Todavía interpretaba lo que sucedía desde categorías que hoy considero insuficientes. Me refería, por ejemplo, a las invasiones de propiedades privadas, cometidas con aparente impunidad, como una de las manifestaciones de la violencia ejercida contra la población. Escribí entonces:
“Parecen estar dirigidas por mafias bien organizadas que semejan tener conexión con diferentes vertientes de la delincuencia común, tales como el narcotráfico o los secuestros exprés. Esto es lo que se desprende de las noticias de sucesos que plagan las páginas de los diarios”.
El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) reportó que las cifras de homicidios simples y múltiples habían aumentado en ese año del 2012 y que a finales de diciembre la cifra quedaría con al menos 21 mil 692 personas muertas. Esta cifra suponía una tasa nacional de 73 asesinatos por cada 100 mil habitantes, una proporción récord, que en Caracas, la capital, aún era mucho mayor, del 122%.
Continuaba señalando que aquella violencia, reflejada en los medios de comunicación o transmitida de boca en boca, dejaba atónitos a quienes la escuchábamos o la leíamos:
“La saña de un ser humano perpetrada contra otro ciudadano es inusitada: cuerpos que aparecen decapitados o simplemente ‘cosidos’ a balazos. Algo que nunca se había visto en la Venezuela que conocí”.
Para intentar explicar lo que observaba, recurrí al concepto marxista de lumpenproletariado.
“Lo cierto es que, en el marco de esta revolución bolivariana, parece que un nuevo protagonista ha irrumpido en escena: el lumpenproletariado, una masa anónima formada por individuos procedentes de la periferia marginal de la sociedad, cercana a la delincuencia y convencida de que no tiene nada que perder”.
Hoy advierto que aquella interpretación establecía una asociación demasiado directa entre marginalidad, pobreza y delincuencia. No alcanzaba a comprender todavía la compleja red de intereses políticos, económicos y criminales que estaba desarrollándose en el país ni la utilización de determinados grupos por parte de quienes ejercían o disputaban el poder.
Sin embargo, el artículo ya recogía algunos de los efectos que la violencia estaba produciendo sobre la vida cotidiana.
“Los más leales seguidores de Chávez reconocen que el líder fracasó en el control de este submundo que amenaza la estabilidad de la población. En vano parecen haber sido las misiones lanzadas para controlar esta ola de intimidación que tiene a la población confinada en sus casas después de las seis de la tarde. Este ambiente de terror espanta y dispersa a la clase media, que huye en busca de un presente y un futuro más seguros allende las fronteras de su país”.
Entre 2010 y 2019, Venezuela experimentó una escalada crítica de criminalidad que la situó entre las naciones sin guerra declarada más violentas del mundo, con tasas que oscilaron desde los 48 hasta un pico histórico de 81,4 o 84,4 homicidios por cada 100.000 habitantes según registros del Observatorio Venezolano de Violencia.
Al releer hoy aquel trabajo, no encuentro exactamente una interpretación absurda, como pensé en un primer momento, sino una lectura todavía ingenua e incompleta. Miraba Venezuela desde la distancia que me había impuesto mi prolongada residencia en España. Apenas alcanzaba a ver la punta del iceberg y todavía no comprendía hasta qué punto la violencia estaba vinculándose con el poder, penetrando las instituciones y transformándose en una forma de control social.
A pesar de esas limitaciones, había percibido algo esencial: la inseguridad ciudadana y jurídica se encontraba entre las principales preocupaciones de los venezolanos durante la primera década del siglo XXI.
Terminaba aquel artículo con estas palabras:
“Miguel Otero Silva ya no está para vivirla, aprehenderla y dejarla plasmada en una novela que sería la continuación de su obra narrativa. Por tanto, se puede decir que la fábula de la violencia venezolana del siglo XXI anda en busca de autor”.
Poco podía imaginar entonces que aquella fábula no solo encontraría autor, sino que yo misma acabaría escribiendo una parte de ella.
“Motín en la cárcel. Al Fare le voltearon el carro” es una de las respuestas a la pregunta que me formulé en 2012. La novela no pretende abarcar toda la violencia venezolana del siglo XXI, pero nace de sus entrañas: de las cárceles convertidas en territorios gobernados por poderes paralelos, del miedo, de la impunidad y de una sociedad obligada a convivir con unas formas de violencia cuya verdadera dimensión apenas comenzábamos entonces a comprender.
Una reflexión sobre la sensatez, la coherencia y la responsabilidad pública.
Nota de la autora.
Este texto fue publicado originalmente en mi primer blog con el título “Delimitando el marco de valores” y el subtítulo “Significado de persona sensata”. Al recuperarlo para esta nueva página, he preferido formular el subtítulo como una pregunta: “¿Qué significa ser una persona sensata?”
Lo rescato porque la reflexión que contiene continúa vigente. La experiencia venezolana mostró hasta qué punto la pérdida de la prudencia, la coherencia y la responsabilidad individual puede repercutir en la vida colectiva. Años después, algunos acontecimientos de la actualidad española —entre ellos los debates suscitados por las actuaciones y explicaciones públicas del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero— vuelven a plantear interrogantes semejantes.
No pretendo equiparar automáticamente realidades políticas diferentes ni anticipar conclusiones que corresponde establecer a la justicia. Me interesa recuperar una pregunta anterior y más amplia: qué entendemos por sensatez y qué responsabilidad debemos exigir a quienes intervienen en la vida pública.
El texto se reproduce a continuación respetando, salvo pequeñas correcciones formales, su redacción original.
Publicado originalmente en mi primer blog durante la crisis financiera y de la deuda europea. Esta versión incorpora correcciones de estilo y algunas precisiones conceptuales, pero conserva el argumento central del texto.
Hace algún tiempo que le debo a una amiga un artículo sobre lo que personalmente considero que significa ser una persona sensata. En cierta ocasión, mientras hablaba de ella con otra persona conocida por ambas, mencioné que una de sus virtudes más destacadas era precisamente la sensatez.
Apenas había terminado de decirlo cuando se me ocurrió pensar que este concepto —que la Real Academia Española relaciona con la prudencia, la cordura y el buen juicio— puede asociarse con valores diferentes según el marco de referencia desde el cual se interprete. Me consideré, por tanto, en la obligación de aclarar qué significado tiene para mí esta palabra y de qué marco de valores parto al utilizarla.
Para explicarlo, necesito remontarme a las clases de Psicología Social impartidas por el profesor Marcos Brito en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, en Caracas, durante la década de 1980.
En aquella asignatura, los estudiantes realizábamos el análisis de contenido de una obra a partir de las teorías sobre la motivación desarrolladas por el psicólogo estadounidense David McClelland. En mi caso, analicé, junto con dos compañeros, la obra teatral “La quema de Judas”, del escritor venezolano Román Chalbaud.
El ejercicio consistía en identificar en la obra indicios de las tres necesidades fundamentales estudiadas por McClelland: la necesidad de logro, la necesidad de poder y la necesidad de afiliación.
La necesidad de logro se relaciona con el deseo de realizar bien una tarea, superar dificultades y alcanzar objetivos que proporcionen una satisfacción personal. La necesidad de afiliación se manifiesta en el deseo de establecer y conservar relaciones positivas con los demás. La necesidad de poder, por su parte, se vincula con la voluntad de influir sobre otras personas o sobre el entorno.
El poder, sin embargo, no tiene una única expresión. Puede ejercerse para organizar, dirigir o desarrollar una obra beneficiosa para una colectividad; pero también puede convertirse en un instrumento de dominación y engrandecimiento personal. Es esta segunda forma de poder, orientada exclusivamente al beneficio propio, la que puede originar procesos destructivos con consecuencias negativas para el individuo y para quienes lo rodean.
Cuando predomina esa necesidad de poder personal, el individuo puede desarrollar una urgencia desmedida por acumular recursos económicos muy superiores a sus necesidades, adquirir bienes materiales, obtener reconocimiento y controlar su entorno de acuerdo con sus deseos.
En sus manifestaciones más extremas, esta motivación puede conducir a una persona a involucrarse en negocios poco claros o incluso delictivos con el propósito de mantener una vida de lujo, exhibición y gasto. También puede llevar a ciertos seudointelectuales a apropiarse de las ideas de otros para conseguir prestigio, visibilidad o reconocimiento.
Esta conducta no pertenece a una profesión ni a una clase social determinada. Aparece en quienes intentan ascender a costa de quienes tienen a su lado, corrompiéndose o corrompiendo a otros, y convirtiendo a las personas en instrumentos para alcanzar sus propios fines.
Quienes actúan de este modo suelen ignorar una forma diferente de realización personal, que no depende exclusivamente del prestigio, la riqueza o el reconocimiento social.
Un político puede sentirse realizado cuando consigue ejecutar una obra que beneficia a la comunidad. Un profesor puede experimentar esa satisfacción al comprobar que ha enseñado algo valioso a sus alumnos. Un médico puede encontrarla cuando logra curar o aliviar a sus pacientes. Un empresario puede alcanzarla al crear un proyecto próspero que, además de producir beneficios legítimos, genere empleo y bienestar.
En todos estos casos existe cierta capacidad de influencia y, por tanto, alguna forma de poder. La diferencia reside en la finalidad con la que se ejerce.
Cuando un político o un empresario está motivado exclusivamente por el poder asociado al cargo, por el dinero o por la visibilidad que proporciona su posición, aumentan las posibilidades de que incurra en comportamientos corruptos. En tales circunstancias, acaba justificando los medios empleados por los fines que desea alcanzar.
Un profesor dominado por esa forma de poder puede interesarse más por el dinero, la imagen o el prestigio que le proporciona su posición que por su verdadera labor educativa o por el respeto a las ideas de sus compañeros y alumnos. Del mismo modo, un médico puede valorar más el reconocimiento social y los beneficios económicos que la salud y el bienestar de sus pacientes.
Por el contrario, cuando una persona se encuentra profundamente motivada por el logro y orienta sus capacidades hacia una realización compatible con el bienestar de los demás, puede generar satisfacción no solo para sí misma, sino también para su entorno. La realización personal deja entonces de ser una empresa puramente individual y se convierte en una aportación a la vida colectiva.
El poder buscado únicamente para alimentar el prestigio, la riqueza o el protagonismo produce el resultado contrario. La satisfacción deseada nunca termina de alcanzarse, porque la necesidad de poseer, dominar o ser reconocido se incrementa progresivamente. El individuo entra así en un círculo interminable en el que ningún grado de poder parece suficiente.
Diversos pensadores han señalado que en las sociedades contemporáneas existe una tendencia a valorar el poder, la acumulación y la exhibición por encima de otras formas de realización humana.
Erich Fromm reflexiona sobre esta cuestión en “Psicoanálisis de la sociedad contemporánea ” y en “¿Tener o ser?”. Según su planteamiento, el ser humano moderno puede sufrir un proceso de alienación que lo lleva a confundir el «tener» con el «ser», provocando infelicidad tanto en sí mismo como en quienes lo rodean.
Después de esta digresión, puedo regresar al asunto central del artículo.
Considero sensata a una persona que consigue establecer un equilibrio entre sus necesidades de logro, afiliación y poder. No se trata de renunciar a la ambición, a la influencia ni al reconocimiento, sino de impedir que estos deseos se impongan sobre la integridad personal, el respeto hacia los demás y la capacidad de realizar una obra valiosa.
Cuando dije que la cualidad que más admiraba en mi amiga era la sensatez, quise expresar que había conseguido algo poco frecuente: orientar su vida hacia la realización personal y, al mismo tiempo, establecer relaciones sanas con sus familiares y amigos.
Mi amiga antepone el «ser» al «tener». Es una de esas personas que parecen haber escapado de una enfermedad bastante extendida: la necesidad inconmensurable de poder, prestigio, protagonismo y visibilidad.
No puedo imaginar como personas sensatas a quienes provocaron o agravaron la falta de liquidez del sector financiero que afectaba entonces a tantos ciudadanos. Tampoco puedo considerar sensatos a los dirigentes incapaces de gobernar en beneficio de las mayorías ni a los hombres de negocios que se aprovechan de la miseria de los demás, ya sea mediante el tráfico de drogas, la corrupción o la especulación económica.
Quienes actúan de esa manera parecen indiferentes ante las consecuencias que sus decisiones tienen sobre las personas, sobre un sistema educativo más igualitario o sobre un sistema sanitario capaz de garantizar el bienestar de los ciudadanos.
Lejos de representar la inteligencia, el éxito o el buen juicio, encarnan una forma extrema de insensatez y alienación. Tras ellos quedan el dolor, la desigualdad y la destrucción.
La verdadera sensatez requiere algo diferente: conocerse, establecer límites a los propios deseos y comprender que ninguna realización personal puede considerarse completa cuando se construye a costa de los demás.